El cáliz y la espada. De Diosas a Dioses: Las Culturas Pre-Patriarcales - Riane Eisler
El cáliz y la espada fue publicado por primera vez en 1987 por la investigadora Riane Eisler. Si bien su campo de estudio profesional no es la antropología, su espacio de militancia sí lo es. Este ensayo trata sobre la violencia patriarcal pero también trata sobre la vida pacífica que vivimos durante el Paleolítico y el Neolítico. A partir de una re-lectura sobre los hallazgos arqueológicos relacionados a la Vieja Europa, Eisler construye una nueva visión acerca de cómo se han organizado las sociedades pre-patriarcales. Con nuevas evidencias la autora nos lanza un desafío de imaginar un mundo organizado sobre bases muy diferentes a las que vivimos hoy. A pesar de haber sido publicado hace más de 30 años su tesis sigue siendo vigente.
Los aportes de Riane Eisler en este ensayo están relacionados a lo que ella denomina la teoría de la transformación cultural. Propone que por debajo de la gran superficie de la diversidad de las culturas humanas, subyacen dos modelos básicos de sociedad. El primero es el modelo de dominación, popularmente conocido como patriarcado (o matriarcado), eso es, la dominación de la mitad de la humanidad por sobre la otra. El segundo modelo, en el que las relaciones sociales se basan fundamentalmente en el principio de vinculación en lugar la superioridad; también podría llamarse modelo colaborativo. Este último modelo social, la diferencia más fundamental de nuestra especia, la que se da entre masculino y femenino, no equivale ni a inferioridad ni a superioridad. El modelo de la transformación cultural propone que el rumbo original de nuestra evolución cultural iba en pos de la colaboración.
El libro comienza citando los trabajos de investigación de dos arqueólogos Marija Gimbutas y James Mellard. En sus investigaciones sobre la forma de vida y organización social durante el Paleolítico y el Neolítico se encontraron que durante casi un siglo el paradigma arqueológico estuvo incompleto y profundamente sesgado. La historia reconstruida a partir de estas nuevas investigaciones arrojan una luz sobre el rol de las mujeres en esos períodos históricos. A diferencia de lo que se tenía por verdadero la evidencia contaba una historia completamente diferente. El arte rupestre estaba creado por mujeres alrededor de lo que podríamos denominar de forma genérica 'el culto a la Diosa'. La figura de la Diosa se encuentra presente en casi todos los hallazgos e investigaciones arqueológicas. Incluso los dibujos que previamente fueron interpretados por investigadores como rituales de cacería, en la actualidad se propone un paradigma diferente: no serían representaciones de la caza, sino representaciones de animales sagrados, vegetación y danzas principalmente de cuerpos femeninos. Por ejemplo, André Leroi-Gourhan, director del Centro de Estudios Prehistóricos de la Sorbona desafía lo conocido hasta ahora al afirmar lo siguente: "de forma característica, las estatuillas femeninas y los símbolos que interpretamos como femeninos ocupaban un lugar central dentro de las cámaras excavadas. Por el contrario, los símbolos masculinos ocupaban normalmente posiciones periféricas o estaban colocados alrededor de las figuras y símbolos femeninos".
Una pregunta que surge al considerar la evidencia arqueológica es de por qué, si estas conexiones son tan evidentes, han sido minimizadas, o simplemente ignoradas en la literatura arqueológica convencional. Una de las razones a las que apunta Eisler es que estas interpretaciones no se ajustaban al modelo proto y prehistórico de una forma de organización social centrada en el hombre o de dominación masculina. Otra razón que menciona es que los modelos de sociedad masculinos fueron los que predominaron en las ciencias hasta que luego de la primera mitad del siglo XX nuevas excavaciones y hallazgos empezaron a aportar nuevos datos y evidencias muy diferentes a lo establecido. Pero al momento de realizar estos nuevos hallazgos la arqueología convencional ya había formado un paradigma de dominación masculina muy difícil de desmontar. Si consideramos la teoría de la transformación cultural, este marco de interpretación es totalmente esperable. Pero lo opuesto, el paradigma de la colaboración se empieza a asomar con la fuerza de la evidencia.
Incluso la evidencia nos dice que la Sumeria no fue la única cuna de la civilización, sino que hubieron múltiples, todas ellas miles de años más antiguas de lo que se conocía. Según las investigaciones de James Mellard: la civilización urbana, que durante mucho tiempo se había creído un invento mesopotámico, tiene predecesores en yacimientos como Jericó o Catal Huyuk, en Palestina y Anatolia, que durante años se habían considerado páramos. Eisler señala que en todos estos lugares donde se produjeron los primeros grandes avances en tecnología social y material, Dios era una mujer. El punto de vista predominante sigue siendo el de que la dominación masculina, junto con la propiedad privada y la esclavitud, son subproductos de la revolución agrícola. Esta visión se ha mantenido a pesar de las pruebas que indican todo lo contrario. Es decir, pruebas de que la igualdad entre los sexos y entre las personas por caso, era la norma general en el Neolítico.
El ensayo continúa demostrando a partir de la evidencia que las sociedades del Neolítico eran igualitarias. Algo desconocido para nosotros en la actualidad. Nuestra cultura que ha sido construida sobre las ideas de jerarquía y rango, así como de pensamiento excluyente en lugar de inclusivo, enfatizamos la diferencia rígida y la polaridad. Nuestro pensamiento se caracteriza por los razonamientos del tipo 'si no es esto, debe ser aquello. Eisler nos demuestra que si consideramos una visión analítica o lógica se observa que la mujer desempeñara un rol central y fuerte en la religión prehistórica y en la vida cotidiana no implica que los hombres fueran percibidos y tratados como subordinados. Tanto hombres como mujeres eran la prole de la Diosa. Esta visión del poder entendido como la potencia femenina de criar y dar no siempre era seguida por todas y cada una de las culturas. Lo que nos dice Eisler es que la prehistoria está constituida por gente de carne y hueso y no por seres ideales. Pero sí era el ideal normativo que tanto hombres como mujeres debían emular.
Estas culturas son descriptas con un término propuesto por la autora como 'gilánicas'. Esta palabra combina los términos griegos gyne (mujer) y aner (hombre), y representa una sociedad en la que no existe dominación ni de hombres sobre mujeres ni de mujeres sobre hombres, sino una relación equitativa y complementaria. Según Eisler los humanos vivimos bajo este paradigma la mayor parte de nuestra historia.
Sin embargo hubo un cambio tan disruptivo que se puso fin a este período. Mellard propone que fueron una serie continuada de catástrofes naturales como invasiones de pueblos violentos, denominados kurganes alrededor del quinto milenio a. e. c. O hace unos siete mil años empezamos a encontrar evidencias de un patrón de disrupción de las antiguas culturas neolíticas en Oriente Próximo. Estas invasiones y desastres naturales pusieron tanta presión en las sociedades igualitarias neolíticas que terminaron por colapsar. Debieron pasar más de dos mil años antes de que volvieran a surgir las culturas de Sumeria y Egipto. Ahora como sociedades de dominación, o para usar los términos propuestos por Eisler, sociedades androcráticas. Estas nuevas sociedades se caracterizaron por la dominación masculina y jerarquizada de la cultura. No fue un cambio provocado solamente por la fuerza. Fue necesario una transformación cultural muy profunda para llevar a cabo este proceso. Aquí es donde se siente la fuerza de la propuesta teórica de Eisler.
Utilizando la teoría del caos y la teoría de los sistemas, Eisler nos muestra que la historia no fue una simple transición de un sistema gilánico a uno androcático. Sino que fueron tensiones y puntos de atracción culturales que jugaron un rol fundamental. Tal es así que los mitos de la Diosa aún perviven en nuestros días. La teoría de la transformación cultural nos dice que es necesaria una cantidad enorme de energía para desviar el curso natural de la organización humana, el modelo de la colaboración, para poder obtener un sistema de dominación por la fuerza: la espada. Estas tensiones son vividas cada día por todos nosotros. Pero no es una batalla perdida, sino que la autora nos señala que nos encontramos nuevamente ante la posibilidad de transformar una vez más nuestra historia por una basada en la paz, la colaboración y la vida: el cáliz.
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