La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno.

¿Se han preguntado alguna vez por qué comemos en platos individuales? ¿Cómo es posible que nos definamos principalmente por nuestro aporte a la economía y no por nuestras relaciones interpersonales? ¿Acaso vemos en los epitafios mensajes como 'sus aportes al crecimiento de las ventas de destapadores de cañerías fue único', 'era el mejor recepcionista que haya podido desear un banco', pero sí vemos 'amado padre, hijo y amigo', 'querida amiga, compañera y maestra'? ¿Por qué en el transporte público los asientos están hechos con forma específica para un cuerpo y no como hace tiempo un soporte único para muchos cuerpos distintos y en simultáneo? Tal vez ocurra que somos como somos por los objetos que fabricamos y al mismo tiempo fabricamos determinados objetos porque somo así. Lo de comer en platos individuales parece una obviedad. Podrían argumentarse cuestiones higiénicas y de buena educación. Pero lo cierto es que durante miles de años, y en la actualidad también en países no occidentalizados, hemos practicado la alimentación con las manos y en cuencos comunitarios más que en utensilios bien apartados unos de otros. ¿Qué pasó? ¿En qué momento nos individualizamos tanto que todos los objetos culturales producidos -incluidos los relatos fantásticos- refuerzan una sociedad de individuos agregados y no un colectivo de sujetos? Otra observación que podríamos hacer es ¿por qué es la razón el vehículo principal para justificar modos de relacionarnos y no la emocionalidad? En esa línea podemos agregar una cuestión más: ¿por qué la razón está vinculada a los varones y la emocionalidad a las mujeres? ¿No les parece que puede haber algo arbitrario en todo esto? Estas preguntas son el puntapié inicial de la investigación de Almudena Hernando en este ensayo. 


Basándose en la evidencia histórica y arqueológica, así como en los trabajos de campo que la autora realizó en la Amazonia con las tribus Awá, Hernando argumenta que, desde que tomamos conciencia de nuestra propia existencia  incorporamos las fuerzas de la naturaleza como parte de nuestras relaciones comunitarias. Los mitos y muchas religiones describen a las montañas, las tormentas, las estrellas y el sol como miembros de la comunidad. La vulnerabilidad de la vida frente a las amenazas encuentra refugio al incorporarse a través de relatos que las proveen de significado tanto emocional como simbólico. Esto es una característica que se ha mantenido presente en los seres humanos desde el inicio de la especie. Sin embargo, a partir del momento en que se disocian emoción de razón la relación con la naturaleza sólo es posible a través de los relatos científicos, es decir, a través de la racionalidad pura.

El problema que ha producido este enfoque racionalista es que la emoción queda totalmente desplazada del relato social. El poder técnico y la capacidad de explicar fenómenos naturales es lo que crea una distancia entre la identidad relacional del grupo y la identidad individual. Las mujeres, en cambio, como no participaron en el desarrollo de esa dominación técnica construyen una identidad relacional más potente que los hombres.

El poder técnico y la capacidad de explicar fenómenos naturales es lo que crea una distancia entre la identidad relacional y la identidad individual. Investigaciones realizadas por Damasio (El Error de Descartes, 1994) y Midgley (Ciencia y poesía, 2001) demuestran que es la emoción, la capacidad de empatía, la que permite evaluar la lógica racional que debe aplicarse en cada situación para conseguir la mayor eficacia, y que generan resultados desastrosos para la propia vida cuando, debido a daños cerebrales, la persona no puede activar centros neurológicos relacionados con la emoción. Esta parte ahora disociada se re introduce en el orden social pero negada y desplazada a miembros 'de segunda clase', las mujeres. Quienes son ahora las encargadas de mantener los vínculos emocionales con el resto de los miembros de nuestra comunidad.

El mundo occidental ha sido construido gradualmente sobre un orden lógico definido por una creciente disociación entre razón y emoción. Idealizando a la razón como el único fundamento de la seguridad y la supervivencia humana.  Negando que el vínculo emocional constituye la base de esa seguridad. Por el contrario, el sentimiento de pertenencia a un grupo, construido a través de la conexión emocional entre sus miembros, no sólo es imprescindible, sino que constituye la única estrategia irrenunciable de todo ser humano para poder sentir seguridad sobre su capacidad de supervivencia. Ésta puede generarse activando exclusivamente mecanismo emocionales sin que existan los racionales; pero no puede generarse a través de mecanismo racionales sin que existan los emocionales.

El modelo masculino del "soberano" es una fantasía porque no hay sustento psico-bio-social que pueda demostrar la posibilidad de la existencia de una persona aislada de un grupo. El varón existe porque la mujer existe en primer lugar. Y aquí está la trampa, no hay un primer lugar sino que hay una co-dependecia. Pero no es una dependencia que surge por la incapacidad de realizar alguna acción. Sino que es una dependencia mutua entre todos los individuos de la especie. Y es gracias a sus diferencias particulares que el grupo puede permitir la diversidad. Sólo en este contexto es posible el desarrollo de individuos con alto grado de independencia relacional.

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